Entre la aridez del desierto y la sabiduría heredada de los pueblos originarios, sobrevive en Sonora una tradición casi olvidada: la elaboración del peine ancestral hecho con el fruto del etcho, un cactus que durante generaciones fue transformado en una herramienta indispensable para la vida cotidiana.
Antes de la llegada de los peines industriales, las comunidades yaquis y mayos utilizaban este fruto espinoso como un recurso natural para el cuidado del cabello. Tras ser cortado y secado al sol, al etcho se le quemaban las espinas de un lado para poder sujetarlo, mientras que del otro se recortaban cuidadosamente hasta formar los dientes del peine.
Este proceso artesanal, transmitido de generación en generación, aún se mantiene vivo gracias a los conocimientos que persisten en algunas comunidades del sur del estado. Para muchos, este objeto representa no solo funcionalidad, sino también identidad, memoria y conexión con la naturaleza.
Roque Castro, indígena yaqui, es uno de los pocos artesanos que continúa fabricando estos peines, con el objetivo de evitar que esta práctica desaparezca.
“el etcho es una de las plantas con las que se llegó a fabricar atole en aquellos entonces cuando escaseaban los alimentos y ancestralmente es para peines para pulirse el pelo “se tienen que quemar las espinas y agarrándolo en su punto sale un buen peine” “la gente ya no lo usa, poco lo conocen, y este es un peine ancestral con el que se peinaban las abuelitas antes”
Hoy, en un mundo dominado por el plástico y la producción en masa, este pequeño objeto artesanal resurge como un símbolo de resistencia cultural, recordando que en las tradiciones más sencillas se resguarda una parte esencial de la historia de Sonora.
Para éxodo radio, Columba Chávez
