Mientras muchos buscan resguardarse cuando comienza a llover, Don Leobardo Domínguez Mendívil levanta la mirada al cielo con esperanza. Cada gota que cae representa la promesa de una buena cosecha de cacahuate, el cultivo que durante años ha dado vida a su familia y a buena parte de la comunidad de El Chinal.
Ahí, entre tierras agrícolas del sur de Sonora, el cacahuate no es solo un producto del campo: es una tradición que pasa de generación en generación y que hoy Don Leobardo mantiene viva con orgullo.
Desde muy temprano instala su puesto en Álamos, donde el aroma del cacahuate recién tostado suele llamar la atención de quienes recorren las calles del Pueblo Mágico. Detrás de ese olor hay una historia de esfuerzo y creatividad: el tostado lo realiza en máquinas que él mismo mandó fabricar para conseguir el sabor y la textura que buscaba.
Cuenta que la temporada de lluvias también marca el mejor momento para vender semilla de cacahuate, pues muchos productores comienzan a preparar sus parcelas para una nueva siembra. Mientras unos compran para cultivar, otros llegan por el antojo de llevarse cacahuate tostado, garapiñado, chiltepín, miel o pipitorias.
Pero más allá de las ventas, Don Leobardo sabe que cada cliente también se lleva una parte de El Chinal, una comunidad donde decenas de familias encuentran en el cacahuate su principal forma de vida y donde el campo sigue marcando el ritmo de los días.
Porque antes de llegar a una bolsa o a una mesa, cada cacahuate tuvo que esperar la lluvia, crecer bajo el sol sonorense y pasar por las manos de quienes creen que trabajar la tierra sigue siendo una de las formas más nobles de ganarse la vida.
Para éxodo radio, Columba Chávez
