BÁYAJORIT, EL CERRO SAGRADO QUE GUARDA SECRETOS DEL PUEBLO MAYO

Desde abajo, el cerro del Báyajorit parece uno más en el paisaje del sur de Sonora. Pero basta observarlo con atención para notar que su silueta no es común: muchos habitantes aseguran que su forma recuerda a la máscara del pascola, ese rostro ritual que, entre muecas y sonidos, comunica al mundo espiritual con el terrenal. No es una coincidencia menor para quienes creen que la montaña está viva.

En su cima, a unos 20 kilómetros al norte de Etchojoa, se abre una cueva que guarda historias antiguas, relatos que no se gritan, se susurran. Este cerro lleva el nombre de la comunidad indígena que la resguarda y, para la etnia mayo, no es solo tierra y piedra: es presencia, es vigilancia, es guía.

Cuentan los habitantes que, desde hace generaciones, quienes buscan dominar la danza del Venado o tocar el arpa y el violín con una destreza fuera de lo común, han subido al cerro impulsados por algo más que la curiosidad. La leyenda dice que en esa cueva se ofrecen dones extraordinarios, habilidades que parecen no pertenecer a una persona convencional, dijo Orlando Ruiz Luna, quien es fiestero de la región.

En la memoria colectiva persiste la versión de que incluso artistas reconocidos, cantantes que hoy gozan de éxito y escenarios llenos, habrían acudido al Báyajorit para pedir fama y reconocimiento. Historias sin registro escrito, pero que siguen circulando de boca en boca, reforzando el halo de misterio que envuelve al lugar.

Una de las leyendas más repetidas habla de un trato con el “chamuco”. Quienes no se intimidan por su figura y aceptan el pacto, obtienen poderes fuera de este mundo, aunque a cambio entregan lo más valioso: el alma. Subir sin convicción ni respeto, dicen, puede traer consecuencias irreversibles; hay quienes regresan “locos” y otros, simplemente, no vuelven, dijo María Santos

Con el paso del tiempo, la modernidad también alcanzó la cima: antenas de radiodifusión se levantan ahora sobre el cerro y una brecha permite el acceso hasta lo más alto. Aun así, el respeto permanece intacto. María Santos, vecina que vive a las faldas del Báyajorit, asegura que los habitantes del lugar nunca han intentado entrar a la cueva.

Por las noches, agrega, del cerro llegan sonidos extraños, como si se celebrara una fiesta indígena invisible, un eco antiguo que se resiste a desaparecer.

Así, el cerro del Báyajorit permanece ahí, con la forma de una máscara ancestral y el silencio de siglos encima. Un guardián de historias, mitos y memoria viva del pueblo mayo.

Para Éxodo radio, Columba Chávez