PEQUEÑO PANTEÓN QUEDA ENTRE LAS CASAS EN BASCONCOBE

En medio de calles habitadas y viviendas de la comunidad de Basconcobe, en el municipio de Etchojoa, existe un sitio que pocos conocen y que guarda una historia marcada por la tragedia y la memoria colectiva. Se trata del que es considerado el panteón más pequeño del sur de Sonora: apenas nueve tumbas que sobrevivieron al paso del tiempo y al crecimiento del pueblo.

El origen de este inusual cementerio se remonta a la gran creciente del Río Mayo que azotó al Valle del Mayo a finales de la década de 1940. Durante aquellos meses, el desbordamiento del río dejó a Basconcobe completamente incomunicado con Etchojoa, donde tradicionalmente se sepultaba a los fallecidos. El agua impidió todo cruce y obligó a la comunidad a tomar una decisión inesperada.

Ante la imposibilidad de trasladar a sus muertos, los habitantes habilitaron de manera improvisada un predio del pueblo para dar sepultura a sus seres queridos. Nunca imaginaron que ese terreno se convertiría, aunque fuera de forma temporal, en su propio panteón. Con el descenso del nivel del río, algunas familias lograron trasladar los restos, pero otras no tuvieron esa oportunidad, por lo que los cuerpos quedaron en el lugar, como lo recuerdan los pobladores.

Con los años, la emergencia quedó atrás y la vida continuó. El pueblo creció, llegaron nuevas familias y las viviendas comenzaron a levantarse alrededor —y sobre— el antiguo camposanto. La mayoría de las tumbas desaparecieron, cubiertas por el tiempo y el desarrollo de la comunidad. Hoy, sólo nueve sepulturas permanecen visibles, algunas ya deterioradas, recordando aquel episodio que marcó a Basconcobe.

Vecinos del lugar aseguran que donde hoy hay casas, antes hubo tumbas que quedaron enterradas y olvidadas. Basconcobe no cuenta con un panteón formal, salvo este pequeño espacio que nació de la necesidad y que hoy es un silencioso testigo de una de las peores inundaciones en la historia del sur de Sonora.

Para Éxodo radio, Columba Chávez